Nombrarme en un mundo que quiso callarme

Me llamo Salvador Carlos nací en el Estado de Oaxaca, México, soy sobreviviente a episodios de violencia por homofobia en diferentes periodos de mí formación educativa, desprotegido de toda protección por parte de autoridades educativas. Me reconozco y asumo como una persona homosexual, defensor de derechos humanos y activista LGBTTTIQPQPAM+. Mi historia es una de tantas que fueron silenciadas por el sistema machista mexicano en donde el machismo sigue validando al hombre-heterosexual, reproductor, duro e insensible, capaz de reprender la diversidad sexual y de género.
El reconocerme como una persona homosexual no fue nada sencillo, primero tenía miedo al rechazo familiar (el castigo por no ser ese macho, heterosexual) y segundo por estar condenado por no cumplir ciertos mandatos religiosos, culturales y sociales de la reproducción de la especie humana y en la conformación social de crear una familia. En las normas sociales de castigo y opresión me encontraba luchando por ocultarme para no ser agredido por personas que se sentían con el derecho de corregirme y censurarme. Con el paso de los años comprendí que mí espíritu de sobrevivencia tenía una finalidad, y mi primer activismo fue el reconocerme, el aceptarme y quererme tal cual pese a todo lo que esto implicaba.
Nací en el año de 1981 mis padres anhelaban mi nacimiento ya que previo a mí procrearon a dos hijas mujeres, y para perpetuar el apellido familiar era necesario tener un hijo varón. Para esos ayeres los roles que se le asignaban a hombres y mujeres acentuaban entre lo azul y rosa, lo suave y lo rudo, la delicadeza y la dureza, llegué a la vida de mis progenitores con la ilusión de tener un hijo que cumpliera con el rol social tradicional, incuestionable, hegemónico y socialmente aceptado, pero esta historia cobró otro giro al romper con el mandato heterosexual.
En esos ayeres ser una persona homosexual resultaba de facto una experiencia traumática, por el hecho de que este elemento se contraponía a todo mandato social. En esos tiempos entre la infancia y la adolescencia mi vida era un infierno, en todos lados era blanco de burlas y humillaciones ¡Salvador se comportaba diferente! ¡El niño era delicado! ¡El niño es extraño! ¡Parece una mujercita! Todos esos comentarios salían de las entrañas de personas de mi alrededor de quienes reprobaron categóricamente mi forma de ser.
Me desarrollé en la mayor parte de mi vida en la Agencia Municipal de Santa María Ixcotel, perteneciente al Municipio de Santa Lucía del Camino de la región de los Valles Centrales en Oaxaca. En aquellos tiempos Ixcotel era un pueblo con tradiciones religiosas arraigadas, con relaciones muy estrechas entre la comunidad. En mi niñez quise ocultar mis expresiones delicadas y mi notoria atracción por los niños buscando un espacio seguro, entre cantos, misas y rosarios escogí la iglesia. Pero la mirada aniquiladora de mis vecinas y las llamadas de atención de algunos catequistas resultaron un pesar, luego entonces ni de un lugar sagrado me librara de los señalamientos y burlas.
Dentro de la dinámica familiar de ambos padres no existía antecedentes de familiares homosexuales (varones) o lesbianas hasta que empiezo a crecer, expresarme y darme a notar. Para una persona homosexual en aquellas épocas era el peor error de sus vidas mostrar sus sentimientos y afectos, ya que siempre estaban los prejuicios antes que la empatía o el amor. Mi familia no estaba preparada para aceptar que su hijo varón era defectuoso, pecador y antinatural en pocas palabras ¡Joto! ¡Marica! Evidentemente desde los prejuicios e ignorancia de la gente.
En diversos espacios sociales mi personalidad era sujeta de señalamientos, burlas y violencias físicas. En un espacio tan importante para la formación de una persona; el ambiente escolar resultó una pesadilla. En la primaria, la secundaria y el bachillerato mis vivencias con el resto de compañeres y profesores no fueron positivas, pues cada quien a su manera me hacían pensar que no tenía sentido vivir por el hecho de comportarme diferente al resto de los demás, y quien ha vivido acoso escolar por ser homosexual sabe perfectamente de lo que hablo.
En la primaria era común que los profesores tuvieran toda la autoridad de corregir a un estudiante, pero muchas veces se equivocaban al incidir en los sentimientos y emociones. Les cuento que en mi último grado del nivel básico sufrí un acoso terrible por parte de un profesor pues se encargaba de humillarme y exhibirme. El mentor en las clases de basquetbol aprovechaba para imitar mi forma de jugar, llegando al grado de calificarme como una mujer, situación que me dolía profundamente ya que sus burlas eran imparables, se me señalaba que mi padre por ser tan macho y mujeriego recibió un castigo divino.
Ante las reiteradas burlas de mi profesor de sexto grado y mi notorio desánimo, me sentí con la necesidad de compartir la situación con mi madre y no pasaron muchos días para que se enfrentara la situación. El resultado fue que de cierta manera se me dejara de humillar y que mi mami desde sus miedos, falta de información y culpas me envió con su ginecólogo, en donde el especialista solamente se remitió a preguntarle si me sentía una mujer siendo mi respuesta que no, terminé la primaria con dudas y culpas.
En el nivel secundaria en plena adolescencia mi sentir y atracción por los chicos era evidente, reafirmando ese sentimiento hacia personas de mí mismo sexo. Muchas bromas pesadas, comentarios mal intencionados, fue una etapa educativa con una desinformación sobre la homosexualidad que afectó considerablemente mis relaciones personales. En la adolescencia me enamoraba de compañeros de clases, sin respuestas a mis sentimientos sufrí, lloré y guardé silencio ante amores imposibles.
De inicio a fin en el bachillerato padecí trastornos alimenticios en momentos en lo que esa condición fue mi propio rechazo a la vida, mi refugio, el grito desesperado para llamar la atención de mis padres y una forma de escapar de la realidad. A parte de ser juzgado por ser homosexual, tenía que afrontar el hecho de que mis compañeros y profesores me veían como una persona enferma. Para quienes sobrevivimos a estos males sabemos lo importante que representa el trabajar la autoestima y la seguridad, aunque en ciertos espacios no sea sencillo expresar el dolor de vivir dañando tu cuerpo.
Terminé el nivel medio superior con muchas complicaciones y para cerrar este ciclo mis compañeros me tenían una sorpresa muy desagradable. El día de la clausura al recibir mis documentos todos los chicos me chiflaron y enviaron mensajes de conquista frente a mis padres, me sentí tan avergonzado y culpable, no podía ver a mis papás a los ojos ante tremenda humillación. Las autoridades educativas estaban atónitas de tan terrible acto sin que pudiesen intervenir o controlar la bochornosa situación, y pues obviamente mis padres estaban muy desilusionados de mí.
En las tres etapas de formación educativa viví violencia, discriminación y exclusión, situación que trajo consigo un bajo rendimiento escolar, refugiándome con compañeras, sufriendo en carne viva el temor de ser agredido por personas que me percibían como una persona débil, enferma, trastornada y anormal. En ciertos momentos he querido borrar estos episodios, pero estas experiencias no van en saco roto, más bien estas vivencias servirían para mirar con otros ojos mi propio ser y mis propias necesidades.
En el año 2001 me mudé a Bahías de Huatulco, Oaxaca para estudiar la universidad, alejado de los problemas de mis padres, migrando con la idea de no relevar mí orientación sexual. En el proceso formativo profesional en algunas clases ocurrieron hechos de discriminación con eruditos en las Relaciones Internacionales quienes externaban comentarios que señalaban que las personas homosexuales no debían pertenecer al Servicio Exterior Mexicano debido a que personal diplomático de otro Estado enviaría a hombres a seducirlos y con esto se revelaría información confidencial, aseverando que la diplomacia no era para gente como yo.
Señalo que no sufrí violencia física en mí proceso universitario, pero fui objeto de comentarios negativos con actitudes excluyentes en los procesos de convivencia. De manera constante estudiaba respondiendo a la exigencia misma del sistema profesional, siendo mi mecanismo de defensa al ser un estudiante modelo, mostrando que por el hecho de ser homosexual no estaba fuera de ser un alumno reconocido y respetado. El auto exigirme implicaba no dormir bien, ocupar mis fines de semana para estudiar, omitir alguna situación familiar o pasar por alto alguna situación de salud.
Ser víctima de estigmas y prejuicios en el proceso de formación educativa mermó mis emociones, salud mental y mis relaciones familiares. En las estructuras educativas mencionadas era constante las situaciones morales que rechazaban la homosexualidad siendo “una de las principales fuentes de prejuicios hacia personas homosexuales es producto del sistema género, donde la reglamentación del uso del cuerpo, en general, y de la orientación sexual, en general, está prescrita, siendo las personas homosexuales, transgresoras de dicha reglamentación” (Herek, 2004, citado por García et al, 2021, p.18).
Después de concluir la licenciatura regresé a la Ciudad de Oaxaca con el miedo constante de que mi familia supiera de manera oficial sobre mi homosexualidad. El tiempo pasaba no encontraba trabajo y por azares del destino tuve la oportunidad de impartir clases en Universidades privadas, esa actividad duró varios años, en el rol de profesor percibí miradas de rechazo, comentarios mal intencionados, con esto reafirmaba que un espacio educativo no era seguro para personas como yo; a la larga esta constante cobraría una factura emocional.
Postrado en una cama por una severa crisis emocional, física y espiritual llegó el día en que hablé con mis padres sobre mi orientación sexual. Este acto fue plagado de emociones, culpas, miedos, pero sobre todo esperanza. Al hablar sutilmente de mi homosexualidad de mí emanó el confirmar lo que mis padres sabían pero que callaban, salir del closet con una vida truncada por los ataques de pánico, esto fue una gran lección de vida, y pues cada proceso es distinto, pero sin duda es liberador.
En el 2023 ingresé a la Maestría años después de concluir la licenciatura, la decisión tardía fue ante mí desconocimiento de que la institución tuviera apertura a mis temas de interés. La grata sorpresa fue que dentro de mi instituto se generaría cierta flexibilidad. Aunque tengo que ser honesto algunos docentes tienen sus reservas, prejuicios hacia personas LGBTTTIQPAM+, pero insisto que trabajar un proyecto de acción sobre diversidad sexual y de género es un gran paso, transitando de mi activismo a la academia.
El que aborde las problemáticas de la población de la diversidad sexo-genérica no significa que les represente o que tenga el derecho de hablar por elles, más bien implica mi necesidad de posicionarme en la academia ante situaciones adversas que se viven en los centros educativos con actitudes LGBTfóbicas, acentuando las realidades y retos que cruzan a estudiantes de la diversidad sexual y de género en la UABJO. A continuación, abordaré mi etapa como defensor de los derechos humanos para enfatizar mi mirada de análisis en la acción social a emprender.